La representación femenina más antigua parece estar asociada al concepto de supervivencia, a través de la imagen de la fecundidad. Desde las “Venus” prehistóricas, hasta las mujeres de senos marcados y vientres redondeados de las obras medievales, la acentuación de los rasgos femeninos siempre se ha relacionado con la idea de la continuidad de la especie.
La figura femenina en el arte está también asociada al comportamiento moral, tanto como representación de lo malo, del vicio, del pecado, como de imagen de la santidad. Así, encontramos imágenes de la tentadora Eva, a quien incluso acompaña una serpiente que en multitud de representaciones posee pechos de mujer; o también imágenes de los vicios personificados en figuras femeninas. Pero las imágenes de la moral, las alegorías de las virtudes, o incluso la representación de la Fe, poseen también rasgos de mujer, como figura alegórica o como representación de santas mujeres.
A partir del Renacimiento, el desnudo femenino, dentro de las representaciones de carácter mitológico, comienza a acentuar su carácter erótico. Sin embargo no se produce una desvinculación total hasta algo más tarde, cuando el desnudo pase a ser eso, un desnudo, alejado de toda connotación mitológica. Venus ya no es una diosa, sino que es
una mujer que muestra su cuerpo, como ocurre, por ejemplo, en la Maja desnuda de Goya. Con las vanguardias, el desnudo femenino, más allá de la simple idea de la belleza, aparecerá más claramente asociado al erotismo y la sexualidad, con obras claramente sugerentes, abandonando poco a poco la inocencia para llegar a una provocación directa y sin trabas, relacionándose también con los cambios sociales en los que la mujer adquiere mayor libertad social, comenzando por sí misma y por su propio cuerpo.
Fuente: Jesús Félix Pascual Molina (Universidad de Valladolid)