Aunque «El país de las hadas» trata primordialmente del arte y de la literatura para niños, los comentarios de Ruskin décadas antes en Pintores modernos, dejan suficientemente claro que concebía la imaginación fantástica como una de las características definitorias de la humanidad y del arte más elevado. Según Ruskin, mientras el aprendiz de artista y aquellos que poseen una imaginación menos desarrollada deben concentrarse en los estudios topográficos y realistas que saturan la mente con elementos visuales, el gran artista, al igual que Turner, crea transformaciones imaginativas de la realidad que la mayor parte de su audiencia recibirá como distorsiones fantásticas, de ahí la necesidad de la crítica y de Ruskin de comenzar Pintores modernos para demostrar a los críticos hostiles que las visiones posteriores de la niebla y del fuego se basaban firmemente en la realidad. Al crear semejantes imágenes inusuales e inesperadas del mundo de la materia y del espíritu, el gran artista produce una obra que a través de sus ojos y de su imaginación nos permite percibirla. Cada artista necesariamente transforma el mundo según las virtudes y limitaciones de su propio carácter, imaginación y edad, y en el tercer volumen de Pintores modernos (1856) Ruskin intenta explicar los diversos modos imaginativos en los que los artistas trabajan. El arte purista, por ejemplo, surge en la «reticenciaÉ a contemplar las formas variadas del mal categórico que inevitablemente acontecen enÉ el mundo» (5.103-04). Los artistas como Fray Angélico «crean por sí mismos un estado imaginario en el que el dolor y la imperfección o bien no existen o existen en alguna condición debilitada y sin dobleces» (5.104). Poniendo como ejemplo un pintor inglés menor, describe a Thomas Stothard en términos sorprendentemente parecidos a aquellos en los que posteriormente describiría a Kate Greenaway:
Parece como si Stothard no pudiera concebir la maldad, la brutalidad, la vileza; cada una de sus figuras da la impresión de haber sido copiada de alguna criatura que nunca hubiera albergado un pensamiento descortés, o que se hubiera permitido una acción innoble. A este amor intenso de pureza mental se une, en Stothard, un amor por la mera suavidad y tersura física como si viviera en un universo de hierba suave y fuentes puras, árboles compasivos y piedras con las que ningún pie puede tropezar .
Fuente: www.victorianweb.org